Chicos, se nos presenta un caso emblemático; y queremos conocer su opinión.

Una historia con dos caras de la moneda.

Un profesor universitario, dolido, que renuncia a su cátedra porque no puede creer que sus alumnos, nativos digitales (de buen nivel educativo y socioeconómico) no sean capaces de escribir el resumen de una obra. Ve a sus alumnos como zombies, imposibilitados de enfocarse en algo. 

Y un alumno que movilizado por sus palabras, le responde. 

Hay una "mosca" en esta telaraña? Qué les disparan ambas versiones?

Links:

Carta del maestro

http://elojoenlapaja.blogspot.com/2011/12/por-que-dejo-mi-catedra-e...

Petición del alumno

http://www.kienyke.com/2011/12/09/peticion-de-un-periodista-a-camil...

Transcripción

¿Por qué dejo mi cátedra en la universidad?

Un párrafo sin errores. No se trataba de resolver un acertijo, de componer una pieza literaria o de encontrar razones para defender un argumento resbaloso. No. Se trataba de escribir un párrafo que condensara un texto de mayor extensión. Es decir, un resumen. Un resumen de un párrafo. Donde cada frase dijera algo significativo sobre el texto original. Donde se atendieran los más básicos mandatos del lenguaje escrito –ortografía, sintaxis– y se cuidaran las mínimas normas de cortesía que quien escribe debe tener con su lector: claridad, economía, pertinencia. Si tenía ritmo y originalidad, mejor, pero no era una condición. La condición era escribir un resumen en un párrafo sin errores vistosos. Y no pudieron.
Está bien, no voy a generalizar. De treinta estudiantes, tres se acercaron y dos más hicieron su mejor esfuerzo. Veinticinco muchachos no pudieron escribir el resumen de una obra en un párrafo atildado, entregarlo en el plazo pactado y usar un número de palabras limitado, que varió de un ejercicio a otro. Estudiantes de comunicación social entre su tercer y su octavo semestre, que estudiaron doce años en colegios privados. Es probable que entre cinco y diez de ellos hubieran ido de intercambio a otro país, y que otros más conocieran una cultura distinta a la suya en algún viaje de vacaciones con la familia. Son hijos de ejecutivos que están por los cuarenta y los cincuenta, que tienen buenos trabajos, educación universitaria. Muchos son posgraduados. En casa siempre hubo un computador; puedo apostar a que al menos veinte de esos estudiantes tiene banda ancha, y que la tele de casa pasa encendida más tiempo en canales de cable que en señal abierta. Tomaron más Milo que aguadepanela, comieron más lomo y ensalada que arroz con huevo. Ustedes saben a qué me refiero.
Por supuesto que he considerado mis dubitaciones, mis debilidades. No me he sintonizado con los tiempos que corren. Mis clases no tienen presentaciones de Power Point ni películas, a lo más vemos una o dos en todo el semestre. Quizá ya no es una manera válida saber qué es una crónica leyendo crónicas, y debo más bien proyectarles diapositivas con frases en mayúsculas que indiquen qué es una crónica y en cuántas partes se divide. Mostrarles la película Capote en lugar de leer A sangre fría. No debí insistir tanto en la brevedad, en la economía, en la puntualidad. No pedirles un escrito de cien palabras sino de tres cuartillas mínimo. Que lo entregaran el lunes, o el miércoles.
De esas limitaciones e inseguridades mías, quizá, vengan las pocas y tibias preguntas de mis estudiantes este último semestre que di clase, sus silencios, su absoluta ausencia de curiosidad y de crítica. No supe preguntar esta vez, no supe invitarlos a pensar. De ahí quizá vengan sus párrafos aguados, con errores e imprecisiones, inútilmente enrevesados, con frases cojas y desgreñadas. Esos párrafos vacilantes, grises, temblorosos que me entregaron durante todo el semestre. Pareciera que estoy describiendo a un grupo de zombies. Quizá eso es lo que son. Los párrafos, quiero decir.
El curso se llama Evaluación de Textos de No Ficción y pertenece a la línea de Producción Editorial y Multimedial de la carrera de Comunicación Social de la Universidad Javeriana. En cuanto a lecturas, siempre propuse piezas ejemplares en los géneros más notorios de la no ficción: crónica, perfil, ensayo, memorias y testimonios. Los autores iban variando de un semestre a otro. Capote, Talese, Hersey, Abad Faciolince, Mitchell, Wolf, Paz, Rossi, Salcedo Ramos, Borges, Caparrós, Tejada Cano, Reyes, Samper Pizano, Sacks… A partir de esos clásicos nacionales y extranjeros los estudiantes intentaban escritos como los que debe elaborar un editor durante su ejercicio profesional. Primero un resumen: todos los textos de los editores son breves, o deberían serlo –contracubiertas, textos de catálogo, solapas, etcétera–. Una vez que la mayoría hubiera conseguido un resumen bien hecho pasábamos a escritos más complejos: notas de prensa y contracubiertas, para terminar con un informe editorial o una reseña.
En una de las sesiones semanales revisábamos lo que veníamos leyendo, y yo intentaba dirigir la conversación para que identificaran las características del género, así como las fortalezas y debilidades del texto en cuestión. La otra sesión la dedicábamos a revisar y pulir los ejercicios escritos de los estudiantes. En el centro de todo el programa estaban la participación y la escritura de textos breves a partir de otro texto mayor. Insistí siempre en la participación en clase para fomentar actividades que noto algo empañadas en la actualidad: la escucha atenta, la elaboración de razones y argumentos, oír lo que uno mismo dice y lo que dice el otro en una conversación. Buscaba que practicaran hacerse entender en un grupo, una herramienta que estimo fundamental no sólo para la vida profesional, sino para la vida civil. El otro concepto transversal –debo posar de académico—del curso, la economía lingüística, buscaba mostrarles la importancia de honrar la prosa. Si uno en cien palabras debe sintetizar un libro de 200 páginas debe cuidar cada palabra, cada frase, cada giro. En últimas, la palabra escrita les dará de comer a estos estudiantes cuando sean profesionales, no importa si se desempeñan como editores de libros, revistas o páginas web, como periodistas o como profesores e investigadores. Cada palabra es importante, cada frase debe decir algo pertinente.  
La inmensa mayoría de estudiantes de este último semestre que di clase, y los de dos o tres anteriores, nunca pudieron pasar del resumen. No siempre fue así. Desde que empecé mi cátedra, en 2002, los estudiantes tenían problemas para lograr una síntesis bien hecha, y en su elaboración nos tomábamos un buen tiempo. Pero se lograba avanzar. Asimismo, siempre hubo otro ambiente en mis clases. O motivé yo un ambiente distinto, no sé. Notaba un calibre más inquieto en los veinteañeros que estaban frente a mí. Más dubitativo. Más curioso. Había más preguntas en el ambiente. No encuentro otra forma de decirlo. Lo que siento de tres o cuatro semestres para acá es más apatía y menos curiosidad. Menos proyectos personales de los estudiantes. Menos autonomía. Menos desconfianza. Menos ironía. Menos espíritu crítico.
Debe ser que no advertí cuándo la atención de mis estudiantes pasó de lo trascendente a lo insignificante. El estado de Facebook. “Esos gorditos de más”. El mensaje en el Blackberry que no da espera. Debe ser que no me supe sintonizar para el momento en que La Tigresa de Oriente se volvió más cool que Patti Smith.
Nunca he sido mamerto ni amargado ni ñoño, no me voy a engañar: a los veinte años fumaba marihuana como un rastafari y me descerebraba con alcohol cada que podía al lado de mis cuates. Quería ver tetas, e hice cosas de las que ahora no me enorgullezco por tocarlas. Empeñé mucho, mucho tiempo en eso. Pero leía. Mis amigos veían películas como si se les fueran a salir los ojos. Podíamos discutir una hora, cuál de todos más copetón, si John Cazale era el Freddo de El Padrino y el compañero de Pacino en Tarde de perros. O en qué discos de Lou Reed había tocado el bajo Fernando Saunders. Esas cosas que no interesan. O sí. No sé, en esos tiempos lo importante, creo, era discutir, especular, quedar picados para buscar después el dato inútil. Interesaba eso: buscar. A otros por supuesto les interesaban el dinero, el poder y las chicas. Y no leían. Pero había muchas personas de nuestra edad que estaban haciendo cosas, que se preguntaban cosas, que especulaban. Estoy por pensar que la curiosidad se esfumó de estos alumnos míos desde el momento en que todo lo comenzó a contestar ya, ahora mismo, el doctor Google.
Es cándido echarle la culpa a la televisión, a Internet, al Nintendo, a los teléfonos inteligentes. A los colegios, que se afanan en el bilingüismo sin alcanzar un conocimiento básico de la propia lengua. A los padres que querían que sus hijos estuvieran seguros, bien entretenidos en sus casas. Es cándido culpar al “sistema”. Pero algo está pasando en la educación básica, algo está pasando en las casas de quienes ahora están por los veinte años o menos.
Mi sobrino le dice a su madre, mi hermana, que él sí lee, que lee mucho en Internet. Es una respuesta generacional y genérica. La pregunta es cómo se lee en Internet. Lo que he visto es que se lee en medio del parloteo de las ventanas abiertas del chat, mientras se va cargando un video en Youtube, siguiendo vínculos. Lo que han perdido los nativos digitales es la capacidad de concentración, de introspección, de silencio. La capacidad de estar solos. Sólo en soledad, en silencio, nacen las preguntas, las ideas. Los nativos digitales no conocen la soledad ni la introspección. Tienen 302 seguidoresen Twitter. Tienen 643 amigos en Facebook.
Dejo la cátedra porque no me pude comunicar con los nativos digitales. No entiendo sus nuevos intereses, no encontré la manera de mostrarles lo que considero esencial en este hermoso oficio de la edición. Quizá la lectura sea ya otra cosa con la que no me pude sintonizar. De pronto ya no se trata de comprender un texto, de dialogar con él. Quizá la lectura sea ahora salir al mar de Internet a pescar fragmentos, citas y vínculos. Y en consecuencia, la escritura esté mudando a esas frases sueltas, grises, sin vida, siempre con errores. Por eso los nuevos párrafos que se están escribiendo parecen zombies. Ya veremos qué pasa dentro de unos pocos años, cuando los alumnos de mi último semestre de clases tengan treinta y estén trabajando en editoriales, en portales y revistas. Por ahora, para mí, ha llegado el momento de retirarme. Al tiempo que sigo con mis cosas voy a pensar en este asunto, a mirarlo con detenimiento. Pongo el punto final a esta carta de renuncia con un nudo en la garganta. 
Transcripción respuesta:

Petición de un periodista a Camilo Jiménez

Yo soy uno de sus estudiantes, Camilo. Si no de manera literal, sí cultural: como ellos, no sé hacer un resumen. Y véame: vivo de escribir.

Le cuento mi historia. Cuando salí del colegio no sabía cuál era la diferencia entre un adjetivo, un sustantivo y un verbo. Solo hasta cuando tomé clases de inglés entendí la diferencia. De hecho, solo estando en la universidad aprendí las bases de un ensayo o de una reseña. Hoy en día no sé escribir sin la ayuda de Word: sin esta herramienta, un texto mío sería un chorrerro de errores de ortografía aberrante. Lo poco que sé de ortografía, lo aprendí gracias a Word y a los innumerables intentos de literatura periodística o académica que escribo a diario. Me cuesta mucho trabajo escribir sin una conexión de Internet. Estoy tan mal instruido como –y soy igual o peor reseñista que– sus estudiantes. Y véame: vivo del periodismo.

Me someto a la penosa tarea de contarle mi historia para darle a entender una cosa, estimado editor: no se trata de que Internet –y los celulares, y los videos, y Twitter– nos impida instruirnos.

Se trata de que, primero, la educación en Colombia es desigual, deficiente y mediocre. Y también de que pasamos por un momento de incertidumbre y transición en la historia. Sabemos que las formas de comunicación e instrucción han cambiado para siempre. Y tal vez la escritura haya dejado de ser una prioridad. Quizás saber escribir un resumen ya no sea necesario, ni importante. Para usted puede sonar básico, querido Camilo: a mí, en cambio, me da lo mismo. ¿Para qué escribo un resumen si puedo encontrar uno en Internet?

Yo soy un nativo de la red, como sus estudiantes. Y no me parece que ésta sea la culpable de mi infalible impotencia para escribir o pensar. Culpo, por el contrario, a Colombia. Y a su paupérrima educación. Porque, de hecho, lo poco que tengo en esta cabeza es gracias a Internet: a poder leerlo a usted con solo un click, a poder leer el New York Times todos los días, a poder informarme en el bus camino a la escuela, a poder ver todas las temporadas de Seinfeld gratis, una tras otra.

No es culpa del Internet, créame. Como todo, está lleno de problemas: es caótico y nos distrae. Concentrarse con la señal de Internet prendida es muy difícil. Pero no imposible. Y los que nacimos con una cuenta de correo lo vamos a ir aprendiendo, le juro. Yo, como su sobrino, leo mucho: todo el día. Leo en Internet. Pocas son las cosas que me quedan, sí. Pocas son las cosas que recuerdo al otro día. Pero algunas permanecen. Y ahí vamos. (Mientras escribo esto, tengo dos conversaciones por chat y Youtube, Facebook y Twitter activados).

Entiendo su indignación: es frustrante trabajar con gente incapaz de leerse un libro entero. Hasta da risa ver los comentarios de su columna, que llaman a la “refleccion”. Yo lo entiendo: es exasperante ver un espacio antes de una coma o una hache en frente del verbo ir. A mí también me pasa: cada vez que chateo con mis amigos sufro.

Pero hay algo que me hace seguir chateando con ellos: los tipos son unas lumbreras: saben de cine, de fotografía, de arte, de moda, de tecnología. Tal vez la gente de mi generación no sepa escribir, pero sabe diseñar, y pensar, y ver. Es gente curiosa, ecléctica. Yo le aseguro que Mark Zuckerberg no sabe escribir un resumen; pero vea lo que se inventó.

Puede que el Internet perjudique la calidad de nuestras futuras revistas, como usted dice. Pero, ¿qué revistas, querido profesor? ¿Qué libros? Resignarse porque las viejas formas de comunicación están en vía de extinción me parece facilista. Aprovechemos las nuevas.

El Internet no acabó con la literatura y el periodismo de largo aliento. Byliner o Longreads son páginas que lo demuestran. Pero sí le dio un sacudón. No obstante, creo que podemos vivir sin ellas. No sea determinista: con el Internet también se puede educar. Hay gobiernos que lo saben y están enseñándole a la gente –niños y adultos– cómo leer en Internet, cómo entender las nuevas comunicaciones. Y nuestro gobierno lo va a tener que saber en algún momento. Entiendo la nostalgia por los libros, y por los objetos, y por las viejas formas de instrucción. Pero no nos podemos quedar ahí. Y usted, además, tiene que pagar la renta.

Entonces le quiero pedir que no se vaya. Le quiero pedir, respetado editor, que investigue sobre nuevas formas de educación vía Internet. Su blog es un comienzo. Sigamos. Yo creo que las aptitudes que tienen sus estudiantes son valiosas. Tal vez no para la literatura como usted la aprendió. Pero sí para una nueva literatura: una que, de golpe, venga con un video, con diseño; una que el lector incluso pueda modificar.

Si no es con usted, no es con nadie. No se puede ir, profesor. No nos deje ahogar en la ignorancia. Inventémonos, juntos, nuevas formas de instrucción. Aprendamos a leer en Internet. Quién quita que el gobierno algún día también nos ayude.

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Respuestas a esta discusión

Impactante, claro, real y cotidiano, se plantea el error recurrente en el que muchos caemos, seguir entendiendo lo que normalmente hacemos con la misma mirada, a veces simplemente hay que mirar lo mismo con otros ojos, con otra cabeza, y romper con los esquemas, nada es de una manera correcta, simplemente es, la manera correcta no existe, hay tantas como cada uno de nosotros.

Excelente!!!!

Que claro que está el concepto: "Como enfrento, resisto, al medio es el mensaje"

 

Parecen mirarse el uno al otro como si una grieta los separara, y en esa grieta esta lo que uno le reclama al otro, solo que no quieren meterse a ver que hay.  

 

Tremendas notas, es la guerra de los mundos jajaja. 

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